Manejando el Rechazo

Esfuérzate por lograr que Dios te acepte, aunque el mundo te rechace

Manejando el Rechazo

Pablo en la carta a los Efesios 1:3-9 dice: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo.

Es bello saber que Dios nos aceptó por Su gracia, a pesar de nuestros pecados. Borró nuestro pasado con Su sangre y nos dio nueva vida. Generalmente decimos: “Acepta a Cristo”, pero lo que realmente debemos hacer es reconocerlo como Señor y Salvador, ya que Él es quien nos ha aceptado al limpiarnos de pecado y no echa fuera a quien llega a Su lado. Por eso, bendijo y restauró a pecadores, publicanos y enfermos. Por eso dijo a la mujer sorprendida en adulterio: “Ni yo te condeno, vete y no peques más”.

Si Él nos aceptó tal como somos, no como quisiera que fuéramos, ¿por qué nosotros no lo aceptaremos? Si Él, Cordero perfecto y sin mancha, quiere caminar contigo, ¿por qué rechazarías Su invitación con las bendiciones y compromisos que implica? Tú sabes lo que Él ofrece y pide, sabes que Su gracia está para aceptarte y amarte, de ti depende escoger la mejor parte, es decir, estar a Su lado.

Ser aceptados por Jesús también nos hace reflexionar sobre la forma de manejar el rechazo de las personas, ya que deja heridas en nuestra alma que pueden deformarnos e impedirnos desarrollar nuestro potencial. Siempre te rechazarán por algo, si eres el mejor de la clase te dicen “nerdo”, aunque Bill Gates aconsejaba nunca burlarse de los dedicados y estudiosos porque en el futuro serán a quienes les pediremos trabajo. Si eres atento con tus maestros te dicen “culebra o arrastrado”, si te cuesta entender algo te llaman “burro”. Si eres gordito te rechazan, y si adelgazas dicen que seguramente estás enfermo o eres bulímico. Pareciera que lo mejor es ser parte del montón, no estar en ningún extremo porque ser del promedio te permite envidiar o criticar a otros, señalando al que destaca y al que no. Si eres fea te hacen de menos y si eres bonita te acosan hasta que sedes a la presión, tienes varios novios y terminan rechazándote por ser “chica fácil”. En mi caso, siendo un hombre de baja estatura, podrían decirme “chaparro, sapo o enano” pero gracias a Dios me dicen “Cash” porque de esa forma pronunciaba mi nombre cuando era pequeño. Al contrario, a los altos les dicen “bejucos, trenes parados o varejones”, en fin, siempre seremos rechazados por un grupo porque es imposible que encajemos y seamos aceptados por todos. Así que es importante tener muy clara nuestra identidad y aprender a administrar el rechazo para no hacer cosas inadecuadas con tal de ser aceptados. Por supuesto que los cristianos somos rechazados en el mundo, nos llaman de muchas formas: “pandereteros, torteadores, aleluyas, hermanos separados”, pero nuestro Señor nos acepta y es lo que debe importarnos. Debemos sentirnos orgullosos de pertenecer al grupo que camina junto a Él. Nuestras creencias nos hacen rechazar el licor y las parrandas, pero hay muchos que seden a la presión y terminan tomando algún “traguito” o bailando en una fiesta para sentirse aceptados y evitar la crítica. Pero al ser cristianos ya fuimos aceptados por quien vale la pena, Jesús quien nos ha limpiado de pecado. Así que ya no importa lo que diga la gente, no necesitamos más aceptación que la del Señor.

No me avergüenzo
Hebreos 2:11 nos aclara: Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos, diciendo: Anunciaré a mis hermanos tu nombre, en medio de la congregación te alabaré.
A Jesús no le avergüenza llamarte Su hermano. Si alguien le preguntara si tú eres Su hermano, respondería: “Sí, Yo lo lavé con Mi sangre, lo perdoné y le di una nueva vida, ¿hay algún problema?” Saber esto es hermoso, más aún si dimensionas que quien dice esto es el dueño del universo, el Dios hecho carne, el que murió en la cruz y resucitó al tercer día, el autor y consumador de la fe, ¡Él es quien te justifica y te llama hermano sin ninguna pena!

Además, Jesús te dice que estará en medio de la congregación para alabar al Padre junto a nosotros. ¿Por qué te dará pena levantar tus manos, danzar y cantar, si el Hijo de Dios está a tu lado, haciendo lo mismo? Si Él se congrega, ¿porqué no lo harás tú? Jesús nunca dirá: “No voy a la iglesia porque hoy es el clásico de fútbol”. Llegar a la iglesia no es cuestión de quedar bien con el pastor, sino de atender a la invitación de tu Padre Celestial.

Cuando yo le entregué mi vida al Señor fui radical para cambiar mis costumbres. De hecho, en la fiesta de bodas de un amigo de la familia, me preguntaron por qué no bailaba y por evitar los argumentos religiosos, le dije que estaba de luto y no tenía ánimo para bailar. Entonces la persona me respondió: “Qué extraño, eres cristiano y sé que ustedes no guardan luto”. Así que le respondí: “Es cierto, tampoco bailamos en las fiestas, así que ve tú, yo me quedaré acá sentado, muchas gracias”. En esa misma fiesta nos acompañaba uno de mis mejores amigos quien se dio cuenta de que era consistente con mi fe y ahora es oveja de la iglesia.

Jesús te aceptó y pagó el precio por tu salvación, dice que no se avergüenza de ti a pesar de tus faltas, eso debería ser suficiente para que tú no te avergüences de Él y le honres como merece. Recuerda que cuando entró triunfal a Jerusalén algunos le pidieron que callara a quienes le daban la bienvenida a voces, pero Él respondió que si ellos no lo hicieran, las piedras lo harían, pero Él recibiría la alabanza que merecía. ¡Me niego a que una piedra sustituya el lugar que Él me ha dado! Yo quiero danzar, cantar y levantar mis manos sin importarte lo que otros piensen o digan, porque sé que mi alabanza se recibe en el cielo. ¡Cuántos pecados se han cometido con el afán de ser aceptados! Aunque sabemos que nunca lograremos la aceptación total porque es imposible quedar bien con aquellos que no conocen a nuestros Señor. Nuestra fe nos dice que debemos amar a todos, pero no comprometer nuestras creencias con tal de ser aceptados. Prefiero que me rechacen en el mundo por mi buena conducta, a que me rechacen en el cielo por una mala conducta.

No te avergüences de tu Dios. Si los homosexuales no tienen vergüenza a reclamar sus derechos, ¿cómo es posible que alguien pueda sentirla por proclamar al Señor quien lavó nuestros pecados y nos da todo cuanto tenemos? Actúa con rectitud porque es lo correcto, no porque deseas quedar bien con alguien.

Los llenos, los confusos y los maravillados
Hechos 2: 1-7 relata: Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen. Moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo. Y hecho este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua. Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan?

¡El día de Pentecostés el Espíritu Santo armó todo un escándalo, un estruendo, una fiesta! Los cristianos anhelamos ser llenos de Su unción, pero para otros es un escándalo. ¿Evitaré Su llenura por vergüenza? ¡Claro que no! No puedes esperar que las cosas de Dios sean aceptadas por todos. El derramamiento del Espíritu el día de Pentecostés llenó a unos y confundió a otros, eso es natural porque no lograremos complacer a todos. Cierta vez durante un derramamiento de la unción del Espíritu Santo cuando todos reían, alguien me dijo que se asustaba porque le parecía que la gente estaba endemoniada, pero Dios me aclaró: “Ningún demonio puede dar lo que no tiene. Los demonios viven afligidos y atormentados y eso es lo único que pueden dar”. Otro amigo me comentó que durante un servicio salió corriendo porque la persona a su lado estaba enrollada y ¡se fue estirando! El hecho de que esta sanidad haya asustado a alguien no es asunto de Dios, para quien lo importante es hacer Su obra sanadora. Recibe la sanidad y prosperidad que Dios tiene para ti, sin importar que otros lo comprendan. Cuando yo anhelaba la unción del Espíritu Santo, pero era mi esposa quien la recibía, ella intentaba explicarme y mi respuesta era: “Yo soy el pastor”, con lo que le daba a entender que no quería sus explicaciones, pero realmente ¡me moría de la envidia! Algunos no creen que una noche, mi esposa y yo, nos hundimos en la cama por el peso de la unción, pero no importa porque la prueba de que Su poder nos acompaña está en los milagros y sanidades que Él ha obrado usando nuestro ministerio, y no dejaré de ser Su instrumento porque a algunos les molesta.

Hechos 2: 12 continúa diciendo: Y estaban todos atónitos y perplejos, diciéndose unos a otros: ¿Qué quiere decir esto?
Nadie puede comprender cómo suceden los milagros, pero son reales y no dejaremos de recibirlos porque van más allá de nuestra lógica humana. Muchos nos llaman necios, irracionales e ignorantes, pero realmente la fe es para mentes superiores que no se limitan por la razón humana y se abandonan a la voluntad divina. Todos tienen derecho a creer, como también tienen derecho a no creer, pero nadie tiene derecho a estorbar la bendición de otros.

Un amigo que no es cristiano reconoce que no comprende por qué una persona que le entrega su vida a Jesús cambia radicalmente, pero admite que sucede y me pregunta cómo lo logro. Entonces, le digo que no es mi obra, sino la del Espíritu Santo porque es Dios quien actúa. Las raíces de nuestra fe se remontan al tiempo de los profetas y los apóstoles quienes siempre vieron las proezas de nuestro Señor. Abraham no podía tener hijos, pero fue padre de multitudes; Moisés separó las aguas del mar rojo; Noé construyó un arca que era imposible de imaginar en ese tiempo; las murallas de Jericó cayeron ante las voces del ejército de Israel. Los cristianos creemos en el único Dios, en nuestro Padre que expresa Su amor con grandes maravillas en la vida de Sus hijos. Pueden burlarse de que Él hace temblar tu cuerpo o de que no te avergüenzas de levantar tus manos para adorarle, pero no somos ignorantes, y en todo caso, ¡Jesús es el Señor de los ignorantes que creemos en Sus promesas de bendición! No busques la aceptación del mundo sino la de Dios, esa es la opción correcta.

Cuando un anciano nos ungió en nombre del Señor y derramó una jarra de aceite sobre mi cabeza y la de mi esposa, la invité a un café y fuimos a tomarlo a un famoso centro comercial de Guatemala. Literalmente estábamos bañados en aceite, olíamos mal y las gotas del líquido grasoso caían sobre la taza de ambos. Entonces, Sonia me preguntó porque no íbamos primero a cambiarnos, pero yo le dije que nunca nos avergonzaríamos de la unción de Su Santo Espíritu. Fuimos creados para alabar Su nombre, aunque a otros les moleste y se sientan incómodos. Si alguien me pide que ore por su sanidad, lo hago en el lugar donde me lo ha pedido, porque al Señor no vamos a esconderlo en una iglesia u oficina. ¡Es tiempo de ser radicales con nuestro amor y fidelidad a Dios! Para el mundo somos bobos porque ofrendamos y diezmamos, para Dios somos quienes sabemos presentar sacrificio digno de Su Nombre. Nuestra fe define quiénes somos y lo que valemos y ¡valemos mucho, nuestro valor es la sangre de Jesús! Pablo decía que no se avergonzaba del Evangelio porque es poder de Dios para la salvación de nuestra alma.

Todos podemos contar muchas historias de rechazo. Cuando estudiaba en la universidad y me excusaba con mi grupo por no asistir los domingos a repasar materias porque mi prioridad era ir a la iglesia a encontrarme con Dios, ellos se burlaban, incluso me hicieron perder dos cursos, pero al final me gradué con honores, porque Dios honra a quienes le saben honrar. Aprende a manejar el rechazo, llévalo a los pies de Cristo quien te reconfortará y te recordará que Él te acepta.

Recíbelo como Señor y Salvador para que perdone tus pecados y te regale la vida eterna. Anímate a hacer un pacto con Dios para ser radical en tu fe y no buscar la aceptación de nadie más que de Cristo. Ama a tus hermanos y devuelve bien por el mal que alguien pueda hacerte al difamar tu fe y burlarse de ti. Jesús no se queja de todas las barbaridades que han dicho sobre Él, así que nosotros tampoco debemos hacerlo. Pídele al Señor que te ayude a amar a quienes no te comprenden por creer en Él. Bendice a quienes te maldicen, entrégalos al Señor para que Él obre en sus corazones y para que sus nombres se escriban en el libro de la vida.

El rechazo es necesario para que tu fe se fortalezca y te prepares para recibir bendición. Nunca te avergüences de dar gracias por los alimentos donde quiera que estés. Sé amable y cortés con todo el mundo, pero que no te de pena preguntar si puedes imponer manos sobre un enfermo o sobre alguien que se siente agradecido por celebrar algo importante. No seremos cristianos mediocres sino sólidos en Cristo Jesús, quien no se avergüenza de ti sino que te acepta y te conduce a los brazos del Padre.

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